27 oct. 2007

¡Abajo la nueva Ley Universitaria!


En Setiembre del 2006, la Asamblea Nacional de Rectores(ANR) presentó ante el Congreso de la Republica el PROYECTO DE NUEVA LEY UNIVERSITARIA, bancadas del “oficialismo” y “oposición” lo acogieron como proyecto base a ser posteriormente discutido y aprobado por el Pleno, asegurando las condiciones para el cumplimiento del objetivo máximo de esta Nueva Ley Universitaria: LEGALIZAR LA PRIVATIZACIÓN de la Universidad Pública, a través de una imposición jurídica verticalista, acorde a los postulados de la Carta de Intención 2007-2009, firmada vergonzantemente y de rodillas por el Gobierno Aprista ante el Fondo Monetario Internacional (FMI), organismo usurero del imperialismo que junto al Banco Mundial se empeña en reforzar sus medios de control político-económico e ideológico a través de una educación mercantilista, elitista, anti-científica y anti-democrática.

En el Marco del Plan de Reformas neoliberales establecidas por las nuevas necesidades del Capitalismo contemporáneo y mundial, y como extensión de la gestión fujimorista la administración aprista de mano ensangrentada golpea con el látigo privatizador a la enseñanza publica superior, esta vez desde una Nueva Ley Universitaria que pretende “naturalizar” la decadencia académica y cuya finalidad es ADAPTAR la legislación universitaria a la mafiosa y corrupta Constitución Fuji-Montesinista del 93.

Razones para oponerse al Proyecto de Nueva Ley Universitaria:
Se busca degenerar y desvirtuar el principio de “Autonomía Universitaria”, vulgarizándolo como la simple “libertad” de cada universidad por competir y subsistir en el Mercado de la Educación Superior; liquidando los fines centrales que una Universidad Pública debe plantearse: Generación de Ciencia y Cultura para las masas y el desarrollo nacional, convirtiendo por el contrario a esta, en una empresa sujeta a las necesidades del Mercado y el consumismo capitalista, relegando las investigaciones científicas, sustituyéndolas por el “éxito” de la gestión administrativa, instaurando un régimen académico que engorde las barrigas de los grandes grupos empresariales, los mismos que vienen devorando a la clase trabajadora del país.
La Nueva Ley Universitaria se pronuncia en contra de las principales demandas del movimiento estudiantil generacional de la histórica Primera Reforma Universitaria, Esta Nueva Ley Universitaria se manifiesta reaccionariamente frente al derecho estudiantil a participar en la gestión de los organismos de gobierno universitario, del Co-Gobierno, que aunque es prostituido por pandillas electoreras que hacen de los Centros Federados y de Estudiantes organismos “blandengues” y sumisos se hace necesario luchar por lo conquistado, por defender nuestros organismos de defensa, de fortalecerlos como verdaderos instrumentos de defensa y organización estudiantil.


Liquida y Suprime el Derecho Universal a la GRATUIDAD de la Enseñanza, instalando la Categorización de pagos y pensiones que tiene por argumento :el que quienes tengan bajo rendimiento académico no deben gozar de ningún derecho a la gratuidad de la Educación, esto compañeros solo allana el camino para la privatización general de la universidad Publica, aunque en teoría se siga definiendo como nacional.

La Nueva Ley Universitaria se posiciona contra las demandas y conquistas populares que el movimiento estudiantil ha sabido promover desde las heroicas gestas y luchas contra la burocratización de los órganos de poder universitario.
De esta forma se opone a las legítimas demandas de la población universitaria:

- Contra la Reelección de Autoridades
- Por el Voto Universal
- Por la Revocatoria inmediata de las autoridades corruptas.

Durante décadas la Universidad Publica ha estado sujeta a vejaciones, intromisión y represión estatal, los gobiernos de turno han impreso sus políticas despóticas a punta de botas y tanquetas, en los 90 el fujimorato hoy coludito con el aprismo, golpea la universidad pública militarizando en alta intensidad los Centros de Educación Superior Pública y suprimiendo los mas elementales derechos estudiantiles: Residencia universitaria, Medio pasaje, gratuidad de la enseñanza. Esta Nueva Ley universitaria que responde a los intereses de la clase dominante y obedece al plan neo-colonizador del imperialismo yanqui, planea que el ingreso de las fuerzas del “orden”(policía, ejercito) a la universidad sea por decisión y a un sonar dedos del Rector o de cualquier alto funcionario, violentando así el principio de autonomía universitaria, frente a ellos los estudiantes decimos: los milicos a sus cuarteles! y los policías a desobedecer a la alta oficialidad!

Esta Nueva Ley universitaria se ha planificado sobre un amplio recorte presupuestal y sobre esa misma base esta ley dictamina que la Universidad no tiene la menor obligación de cubrir los Programas de bienestar social. Atado el desarrollo universitario al de la gestión administrativa y a espaldas de las necesidades de los estudiantes, los servicios de Comedor, Salud, serán entregados como ya se viene haciendo a manos privadas cuyo único deber será el de lucrar.
¡A impulsar la Resistencia Estudiantil!

Hacemos un llamado a los estudiantes, a los centros federados progresistas, agrupaciones de avanzada, docentes y personal administrativo a desarrollar una lucha tri-estamental en amplio rechazo a esta arremetida privatista y en organizada resistencia contra el Gobierno Aprista, el Parlamento y la Asamblea Nacional de Rectores.

Saludamos las iniciativas por abrir, desarrollar y fomentar los espacios de discusión, reflexión y debate, correcto sendero que permitirá rebasar las soluciones pragmáticas y aventureras del actual gobierno, las salidas inmediatistas de los grupos desideologizados y oportunistas que trafican con la lucha estudiantil.

Movilizar ideas y acción retomando las banderas de la Huelga Universitaria del 2004 y sus justas consignas por las: “Elecciones Universales, Revocatoria, No Reelección y desburocratizacion del Movimiento estudiantil”, sumando a ellas las nuevas necesidades y aspiraciones del estudiantado, apuntando a promover la Segunda Reforma Universitaria, que tenga por base y principio:

La lucha contra la Ley Universitaria

Gratuidad de la Educación

Autentica Autonomía Universitaria

Libre expresión de organización y pensamiento.

Este ideario estudiantil solo podrá ser conquistado totalmente por las mismas bases estudiantiles en movimiento, al contacto de las luchas populares del magisterio, de Salud, los mineros, cocaleros y demás sectores en lucha.

A los Compañeros estudiantes los instamos a articular la organización local universitaria con las federaciones independientes del País y las Coordinadoras Universitarias , a desarrollar una estrategia de poder estudiantil desconociendo a la vieja FEP (Federación de Estudiantes del Perú) controlada por Patria Roja, federación “cascarona” y en perfecto estado de descomposición.

Compañeros universitario! a desterrar el clientelaje y oportunismo demagogo de los tradicionales grupos de poder anti-estudiantil (oficialistas y de oposición) y transformar nuestros organismos estudiantiles en verdaderas herramientas de lucha estudiantil.

Avanzar en decidido esfuerzo hacia el Pacto Magisterial-universitario, fundir al movimiento estudiantil con las organizaciones combativas de los trabajadores, poniendo a disposición de la transformación social los recursos científicos, intelectuales y materiales de la Universidad.

¡Abajo la Nefasta Nueva Ley Universitaria!

¡Abajo las políticas hambreadoras y privatistas del Gobierno Apro-fujimorista!

¡Más presupuesto a la Universidad Publica!

¡Por la Gran Asamblea Nacional de Coordinadoras Universitarias…hacia la Segunda Reforma Universitaria!


Liga Socialista (Chiclayo-Perú)

"Sin sacrificios heroicos, valor y decisión, la historia en general no se mueve hacia adelante."

http://www.ligasocialista.tk/

26 oct. 2007

Volviendo a lo básico (I)


Por Valser X

"La necesidad sólo es ciega en cuanto no se la comprende. La libertad no es otra cosa que el conocimiento de la necesidad"
(F. Engels, “Anti-Dühring”)

A través de conversaciones con orientación militante nos cruzamos a menudo con una pregunta tan básica como compleja: ¿Y entonces que hay que hacer? ¿Como cambiamos las cosas? Se pueden escribir tomos y no dar una respuesta congruente, a menos se use una herramienta que tiene ya más de un siglo al alcance del ser humano: El Marxismo.

A mediados del Siglo XIX el joven Marx busca poner en practica la filosofía que ha venido siguiendo muy de cerca, toma la dialéctica hegeliana, se da cuenta de la alineación que nos cohíbe el pensamiento y se embarca en el estudio del ser humano y su creación: la sociedad. En su análisis Marx encuentra que para tal tarea necesita mucho más de lo que encuentra a su disposición hasta ese momento, así emprende un exhaustivo estudio de la economía y la historia. A los 29 años y con la constante ayuda de Engels, Marx ya tenía las bases del pensamiento comunista como lo conocemos hoy, así se publica en 1848 el “Manifiesto Comunista”.

La brillantez de Marx no puede ser expresada en pocas líneas. No toma pocos días entender lo poderoso de su análisis ni lo que él mismo va descubriendo. Tampoco ayuda el haber crecido en un entorno circunscrito a una idiosincrasia netamente capitalista, donde es el dinero la base de la sociedad -aunque no siempre haya sido así. Para 1867, en medio de la miseria y con el apoyo desinteresado de su amigo Engels, Marx publica algo que revolucionaría el pensamiento humano: el primer volumen de “El Capital”, obra que no pudo terminar pues lo sorprendería la muerte a los 65 años.

Algunas lecciones de Marx
V. I. Lenin condensa el pensamiento de Marx en dos escritos fundamentales para cualquiera que se considere militante revolucionario: “Carlos Marx” y “Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo”. La concepción materialista de la historia, uno de los aportes más importantes de la obra de Marx, nos explica que la base de la sociedad radica en la economía, en las relaciones productivas. Sobre esa base se erige la “superestructura política y jurídica de nuestra sociedad”, es decir, dado que el hombre, por su naturaleza, necesita proveerse de comida, vestido y refugio –en un primer momento-, la forma como logre esto (la estructura económica) irá condicionando “el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social el que determina su conciencia.” (Marx, “Contribución a la crítica de la economía política”). Con esta base, Marx nos dotó de una herramienta científica para ir analizando la historia humana y, al mismo tiempo, el poder de ir construyendo una mejor historia.

Si el mundo esta mal no es porque los seres humanos somos egoístas, malos o hay mucho ser perverso allá afuera. Si las cosas están mal en este mundo que habitamos es simplemente porque las relaciones económicas, el mercado, la distribución de bienes, y la correspondiente tendencia ideológica orientada al capital, al dinero como fin supremo o al menos inmediato, nos conducen inevitablemente a esto.

La alineación, otro concepto que explora profundamente Marx, es tan intensa que pocos son quienes se hacen las preguntas correctas. La alineación nos lleva a pensar que todo lo que sucede es normal y no existe otra manera de vivir. La alineación no nos permite verificar que existen ya hace mucho las bases materiales para construir una mucho mejor sociedad, que libere al ser humano, que permita al hombre generar mucho mas avance del que se genera estos días bajo el capitalismo. El capitalismo fue en su momento progresista, es cierto, ¡pero ya hace bastante dejó de serlo! Un ejemplo claro de la alineación se encuentra en el concepto del trabajo, el asumir acríticamente que debemos trabajar para poder vivir, que debemos estudiar para tener un buen trabajo y cosas por el estilo. Para Marx, el trabajo es un trabajo alienado debido al modo de producción, debido al sistema capitalista al que estamos impuestos, este trabajo no es mas que una esclavitud mejorada, una esclavitud perfeccionada, una esclavitud asalariada, pero esclavitud al final, la esclavitud del capital. El trabajo alienado es el proceso de consumo de la fuerza de trabajo, es decir el proceso por el cual el hombre consume al hombre, el trabajo alienado termina siendo un objeto, una mercancía. Así, el trabajo como lo conocemos no es ya el proceso por el cual uno proyecta sus capacidades, sino una burda venta de nuestro esfuerzo con el fin de sobrevivir.

Es aquí cuando entra otro concepto muy importante dentro de esta herramienta poderosísima llamada marxismo y es la lucha de clases. En nuestros tiempos las clases antagonistas son la burguesía, poseedora de los medios de producción, grupo reducido que explota y oprime utilizando también al estado y otros organismos que va creando, para poder generar las ganancias que perpetúen su dominio; y el proletariado, que contiene a quienes son los que de verdad producen, los miembros más activos de la cadena productora y quienes tienen el poder y el interés de revertir la situación actual. Existen otras clases alrededor, pero no nos sumergiremos en ellas. Es la lucha de clases la que va decidiendo avances y decadencias, destrucción y creación de nuevas sociedades, basadas siempre en lo material y las formas de producción. La lucha de clases es clave para entender la historia, los procesos de cambios, las revoluciones y las involuciones. No hay otra forma de cambiar la sociedad en que vivimos sin cambiar las bases económicas de la misma y no hay otra clase que tenga las condiciones y el interés para lograrlo sino el proletariado.

Como se menciona antes y conciente de todo ello, Marx invierte gran parte de su vida estudiando el proceso económico de nuestra sociedad, términos como fuerza de trabajo, plusvalía, explotación, valor, propiedad privada o ejército industrial de reserva se deben manejar para un mejor entendimiento de como funciona nuestra sociedad.

Octubre 1917, más que un ejemplo
Últimamente corrientes izquierdistas como la de la anti-globalización buscan crear, en aquellos interesados en un cambio, la idea de que el comunismo ha muerto, ¡cuando aun ni ha nacido! Con la caída de la Unión Soviética el sistema invoca a pensar en un mundo post-comunista. En la URSS, la Revolución de Octubre fue traicionada por el Stalinismo y no se llegó nunca siquiera a construir el Socialismo, primer paso hacia una sociedad comunista.

La revolución rusa de Octubre de 1917 puso en práctica las enseñanzas de Marx y Engels. El proletariado, encabezando a las grandes masas oprimidas en un país tan retrograda como la Rusia zarista, tomó el poder y reemplazó la dictadura burguesa por la dictadura del proletariado, etapa necesaria para la construcción del socialismo: sociedad igualitaria, global, justa y sin clases. A pesar de su pobreza y retrasos, la Unión Soviética pronto se puso a la vanguardia en reformas sociales. León Trotsky, quien junto a Lenin dirigió la revolución, había comprendido las tareas del proletariado como único agente que podía llevar a cabo las tareas democráticas que aun quedaban pendientes en la Rusia semi-feudal de principios de siglo, como por ejemplo el problema agrario. Su Teoría de la Revolución Permanente sería también corroborada con la Revolución Rusa. Millones de obreros en el mundo veían a la Unión Soviética como el modelo a seguir y al final de la Primera Guerra Mundial hubieron oportunidades que no fueron aprovechadas en otros países debido inmadurez en los partidos de vanguardia o dirigencias reformistas. Lenin había comprendido la necesidad de formar un partido centralizado que dirija a las masas al poder, este fue uno de sus muchos aportes.

Tras siete años de guerra civil, el Ejercito Rojo bajo el mando de Trotsky se alzo victorioso y con una economía muy diferente a la capitalista, una economía centralizada, planeada y colectivizada, la Unión Soviética se levantaba de la nada como una potencia industrial. Pero al mismo tiempo debido a circunstancias como la derrota de insurrecciones en Alemania, cansancio del pueblo ante la guerra civil y gran pobreza en diversos sectores del territorio, se iba formando una casta burocrática en medio del partido, una casta, con Stalin a la cabeza, que eventualmente usurparía el poder de las manos de las masas en lo que se conoce como una contrarrevolución política.

Cuáles son las Ideas Socialistas (I)


“Pero, por transformación de las condiciones materiales de vida, este socialismo no entiende, en modo alguno, la abolición de las relaciones de producción burguesas – lo que no es posible más que por vía revolucionaria - sino únicamente reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción burguesas, y que, por tanto, no afectan a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo únicamente, en el mejor de los casos, para reducirle a la burguesía los gastos que requiere su dominio y para simplificarle la administración de su Estado. El socialismo burgués no alcanza su expresión adecuada sino cuando se convierte en simple figura retórica. (...) El socialismo burgués se resume precisamente en esta afirmación: los burgueses son burgueses en interés de la clase obrera.”
K. Marx – F. EngelsManifiesto del Partido Comunista

La Izquierda y su democracia
Durante doscientos años, el léxico político convencional ha atribuido a los términos “derecha” e “izquierda” el significado de la contraposición entre lo conservador-autoritario y lo progresista-democrático. Esta clasificación, tradicionalmente promovida por la intelectualidad pequeñoburguesa y los aparatos de comunicación de masas de cada época, ha mantenido su uso en medio del devenir de la evolución ideológica de nuestro tiempo, pese a no corresponder a una caracterización científica de las concepciones producidas en función de los intereses de las distintas clases sociales. Por lo tanto ha sido, y es, una tipificación aclasista, básicamente acientífica. Una clasificación meramente utilitaria.

Por otro lado, ya en los años 30 del siglo XIX se denominó “socialismo” a los pensamientos comunitarios crítico-utópicos aparecidos entonces y a una serie de corrientes políticas provenientes de las clases privilegiadas. Estas teorías precedieron en un lapso relativamente breve al hecho filosófico-político más importante de la historia: la gestación de una nueva concepción, tanto del cosmos como del desarrollo y funcionamiento de las sociedades humanas, conocida como materialismo dialéctico e histórico. La nueva concepción, la ideología científica marxista, establece que la lucha entre las clases - motor objetivo de la historia - no es imperecedera, existiendo una única clase en condiciones, por su papel en la estructura social productiva capitalista, de abatir el poder burgués y dirigir el proceso de organización de una sociedad sin clases: esa clase es la clase obrera.

Tal como afirmó Engels en su Prefacio de 1890 al Manifiesto del Partido Comunista, la nueva organización política creada sobre aquellas bases ideológicas científicas, la Liga de los Comunistas, no podía llamarse sencillamente “socialista”, puesto que una variedad de aventureros de otras clases ya habían utilizado y viciado esa denominación. “El socialismo representaba en 1847 un movimiento burgués; el comunismo, un movimiento obrero (....) no pudimos vacilar un instante sobre cuál de las dos denominaciones procedía elegir. Y posteriormente no se nos ha ocurrido jamás renunciar a ella.” A tres décadas de estas palabras de Engels, la vanguardia revolucionaria del movimiento obrero mundial se reagrupaba en 1919 bajo el nombre de “Internacional Comunista”.

Sin embargo, en la práctica los marxistas nunca hemos pretendido repudiar dogmáticamente el calificativo de socialistas. Eso sí, únicamente bajo la premisa de que su significado coincida tanto con nuestro objetivo estratégico: la Revolución Proletaria Socialista Mundial, como con el programa que en la lucha por este objetivo levantamos. No hemos rechazado ser llamados socialistas cuando es el genuino marxismo el que otorga significación a esta palabra. Justamente defendemos el marxismo como sistematización científica de las ideas socialistas. El uso táctico del membrete “socialista” está y ha estado justificado, en la historia del internacionalismo obrero, cuando las circunstancias prácticas así lo han requerido, a condición de que el contenido de la expresión corresponda a la ideología que nos define: el socialismo científico, clasista y revolucionario. Nunca cuando su uso ha representado cualquier forma de coartada populista reformista, sea ésta socialdemócrata, stalinista o radical variopinta.

Esta correcta relación marxista entre contenido y forma, no se da en el caso del manido término “izquierda”. No tiene sustento la autocalificación de “izquierdista” como seña de identidad de quienes se proclaman luchadores por el socialismo. Llamarse de “izquierda” tan sólo tiene un valor referencial y circunstancial en el lenguaje político ordinario. Es un término que muda de significación según los elementos de la discusión, pero que no contiene en sí mismo ninguna implicancia materialista de clase. Tanto existe una izquierda burguesa como una proletaria, cada una como resultado de su origen, así como de su programa. Si bien la terminología tradicional incluye particularmente en la “izquierda” a toda organización de trabajadores que se reivindique clasista o defensora del marxismo, lo cierto es que una riada de organizaciones pequeñoburguesas y burguesas se agazaparon siempre en la “izquierda”, no sólo para neutralizar al marxismo reclamando identificarse o coquetear con él, sino también para repudiarlo y combatirlo abiertamente. Incluso en el caso de las organizaciones izquierdistas provenientes del campo de los trabajadores, hoy no puede estar más claro: la gran mayoría de los que todavía no han renunciado oficialmente a la herencia marxista no son más que proxenetas del marxismo, oportunistas capaces de traficar con cualquier principio o lucha a cambio de prebendas de camarilla. Estos son los autoproclamados “izquierdistas” por antonomasia.

Proclamarse y hacerse proclamar orondamente “izquierdista” en el 2007, es una vulgaridad política bastante más burda que haber hecho llamarse “socialista” en 1847. “Izquierdistas” y “socialistas” de todas las latitudes, no mostraron reparos en integrar programáticamente la bien surtida gama que va desde el imperialismo genocida de Blair, Clinton, la socialdemocracia europea y japonesa, junto al hambreador y masacrador reformismo y nacionalismo “tercermundistas”, hasta las varias centenas de organizaciones “socialistas” y “comunistas” del mundo que buscan gobernar con y para sus burguesías en el reino de la “democracia participativa”, cuyo nombre real es el de seudodemocracia capitalista. Debido a esto, ser meramente de “izquierda” puede tener tantas, pero en fin tan concretas connotaciones, para la misma vulgaridad política en pro del capitalismo: ninguna otra significación fuera de consustanciarse con la democracia burguesa, sustituyendo eventualmente este último apellido por cualquier otro vocablo pegajoso que esconda su carácter de clase. El más socorrido de estos términos al uso es el de “participativa”, además de una serie de adjetivos intercambiables como “social”, “popular”, “plena”, “solidaria”, etc, útiles comodines en el juego de la "democracia".

Los marxistas tenemos que decir que la única democracia que puede recibir tal nombre es la democracia de las masas trabajadoras: la democracia proletaria. Es el régimen en el que los productores, organizados en sus organismos de poder, son quienes deciden día a día la marcha de la sociedad, produciendo una vida política, económica, social y cultural que responde a sus intereses, y practicando un verdadero “poder de la masa”, de acuerdo a la semántica de “democracia”. Es el poder de los trabajadores: la dictadura del proletariado. En la medida en que este régimen de democracia proletaria representa un paso histórico hacia el socialismo - a su vez primera fase de la sociedad comunista - en esa medida y sólo en esa, los marxistas somos verdaderos socialistas. En cuanto a la identidad de “izquierda”, más allá del argumento trivial por el cuál, puesto que no somos “derechistas” entonces somos “izquierdistas”, tampoco nos vemos obligados a repudiar tal calificación que mantiene su uso, pero mucho menos hacemos un ufano distintivo de ella. Los marxistas nos definimos a partir de nuestra participación objetiva en el proceso revolucionario histórico. Por eso, y por cuanto éste precisa ineludiblemente de la democracia proletaria para llegar a la sociedad comunista, los marxistas somos y seremos revolucionarios comunistas luchando por el poder proletario, demostrándolo una y otra vez en esa lucha por construir tal poder; pero nunca autoproclamándonos “izquierdistas” - “democráticos”, lo que equivale objetivamente a reivindicarse proburgueses y procapitalistas.

Clase obrera, pueblo y revisionismo
La clase obrera es el elemento social fundamental de la teoría y la práctica del marxismo. Por la posición que ocupa en el engranaje productivo del capitalismo, la clase obrera es la única clase históricamente capaz de quebrar el funcionamiento del sistema, expropiar a los capitalistas y liderar el gran movimiento de masas por el poder de los trabajadores y el socialismo mundial. El abandono en que cayó tantas veces esta noción elemental, está en la base de todas las derrotas ocurridas en los procesos revolucionarios del siglo XX.

La forja del marxismo como doctrina se hizo en pugna con las corrientes que, depositarias del republicanismo y su democracia, hacían y hacen del pueblo, y no de la clase obrera, el sujeto de su proyecto. Estas corrientes se inclinaron hacia el minimalismo posibilista por encima del rol histórico socialista del proletariado, adjudicándole así un falso carácter revolucionario a su opción ideológica. En conjunto estas corrientes forman parte de la vertiente ideológica del populismo pequeño-burgués, una de cuyas versiones más difundidas ha sido por ejemplo el anarquismo.

Un proceso crucial para la historia, como la Revolución Soviética Rusa, mostró al grueso de las fuerzas populistas condensadas del lado del Estado burgués. Fue esto lo que sucedió con los “socialistas revolucionarios” herederos de los populistas rusos, en alianza con los “socialdemócratas mencheviques”, todos defensores de la constitucionalidad democrática burguesa. En esta misma política los sigue luego el estalinismo. Primero en la revolución china de 1925-27, con la criminal sumisión del PC al Kuomintang burgués, y con la coalición sindical oportunista anglo-rusa de la misma época; después con la creación de los “Frentes Populares” de unidad con la “burguesía democrática” a partir de 1935. El común denominador de estas políticas fue la capitulación al conjunto de la burguesía o a una fracción de ella. En resumen, por la vía del seguidismo a los intereses de la pequeña burguesía se doblega al proletariado ante un sector de la gran burguesía, extendiendo cada vez más y más los límites del conglomerado “pueblo”, cuyos intereses sustituyen a los de la clase obrera en la política de los mencionados “socialistas”.

En nuestra época el pueblo está formado por obreros, campesinos y pequeña burguesía; es decir por los diferentes sectores de trabajadores urbanos, rurales y las distintas capas de la clase media. Pero no por la burguesía, media o grande. La disímil composición popular permite una probable convergencia de intereses para defenderse de los ataques de la clase dominante o para alcanzar ciertas conquistas parciales, pero esto no significa que la naturaleza de todas esas clases y capas sea revolucionaria. Por su condición acomodada una parte de la pequeña burguesía no tiende a la alianza con las clases más explotadas sino a la alianza con la burguesía. Por su natural defensa de la pequeña propiedad, las capas medias y gran parte del campesinado no están especialmente interesados en el advenimiento de la sociedad socialista, sino sólo en escapar de la ruina en los marcos del sistema. Únicamente se comprometen con el proyecto revolucionario cuando su pauperización, y la agudización de la lucha de clases, les imponen la dirección concreta de la clase obrera, la única de verdaderos intereses socialistas, pues no tiene nada que perder que no haya perdido ya bajo el capitalismo. Por eso la dirección histórica del movimiento obrero y popular no puede corresponder sino a su vanguardia obrera.

Lejos de defender la estrategia proletaria de poder, las corrientes socialdemócratas, estalinistas y todo el reformismo, se sumergieron en el revisionismo populista. Remozaron el caduco cliché “pueblo” combatido por el marxismo. Un “pueblo” que en su concepción está también integrado y aún dirigido por el enemigo de clase. De esta manera sabotearon la revolución proletaria en Europa a la salida de la II Guerra, asegurando la pervivencia del capitalismo. Luego volvieron a salvar al sistema sosteniendo sucesivamente al nacionalismo burgués en las semicolonias (Lumumba, Partido Baaz, Ben Bella, Velasco...). También traicionaron el ascenso revolucionario mundial de 1968-74. Se sometieron a la Monarquía o a la República imperialistas (en España y Portugal). Administraron el Estado de la burguesía contra la movilización proletaria (SPD alemán, Allende, Laborismo inglés, Mitterrand-Marchais en Francia...). Y regresaron una vez más a gobernar para la burguesía y con ella: Lagos, Bachelet, Lula, Tabaré Vásquez, los partidos aliados a Lucio Gutiérrez (las corrientes pro-Chávez funcionan más bien de comparsa), en América Latina; así como los partidos socialistas y comunistas en Europa.

El revisionismo populista burgués fue la forma teórico-programática que adoptó el histórico paso de las élites burocráticas sindicales y políticas, que se reclamaban marxistas, al campo enemigo. Con la degeneración reformista de la II y la III Internacionales, decadencia cuyos hitos fueron 1914, 1924, 1933, 1937...., las burocracias de los sindicatos y los partidos obreros acabaron vendidas al capitalismo, tanto si estaban en la oposición como en el poder. La historia posterior no sólo ha confirmado su abandono de la política clasista proletaria, sino que la ha sobrepasado: la socialdemocracia original hoy es neoliberal y ya no estatista, el estalinismo hoy se reviste de socialdemócrata, y la mayoría de los reformistas son privatistas mal camuflados.

Reformismo, viejo y nuevo
Todos recordamos a la “nueva izquierda marxista leninista” peruana de los años 60 y sus retoños castristas y maoístas de los 70 – 80. Esa vieja izquierda reformista reapareció en años recientes como la nueva “centroizquierda” antimarxista, en el reformismo burgués del Partido Democrático Descentralista – PDD, hoy rebautizado “Partido Socialista”. En realidad es preciso retroceder solamente hasta 1989 para encontrar los antecedentes de esta metamorfosis, en la “Izquierda Socialista” de Barrantes y sus “socialistas democráticos” como Dammert. Pero a estos viejos líderes no les han faltado nuevos laureles: Diez Canseco ha sido vicepresidente consensuado del Congreso; Lynch y Dammert, ministro y asesor de Toledo; Cortés, capitoste de la burocracia de la CGTP y escudero del magnate Mohme. Si algo hay de verdaderamente nuevo en estas señeras glorias, es observar a Diez Canseco convertido en empresario del turismo, a su dirigencia en dueños de ONGs y al ex – “marxista-leninista” Dammert como parte del exquisito cortejo de Susana Villarán. Todos ellos decididos hidalgos que han traspuesto la línea de clase en la arena de su particular islote político.

El PDD hizo público, con fecha 21 de marzo de 2004, un manifiesto de nombre “Por una República Democrática, Social y Descentralista”, en el que se alude en 21 ocasiones a la democracia y en 2 al socialismo. Fue difícil encontrar un discurso más típicamente socialdemócrata de derecha. El PDD pretendía “refundar la república” burguesa en una “Nueva República Democrática” - por supuesto burguesa -, con “nuevo Pacto Constituyente”....burgués. ¿Qué implicaba concretamente esta demanda? Que habría “grandes reformas”: un menor abismo tributario y un pago menos feroz, “renegociado”, de la deuda externa. Fuera de estos descomunales cambios, no debe caber duda de que “las concepciones estatistas de la propiedad y la economía han demostrado su agotamiento e inviabilidad”, que “necesitamos una economía en que (...) se premie el espíritu emprendedor y competitivo”, y una economía donde “el mercado deberá promover la productividad, premiar la eficiencia y la innovación”. Por si quedó alguna pregunta, “la globalización nos da la posibilidad de universalizar los derechos humanos y la democracia, a la par que genera nuevas posibilidades económicas”, por lo que “hay que formar alianzas y bloques” capitalistas como la Comunidad Andina de Naciones, el Mercosur y el Grupo de los Veinte promovido por Lula.

No debería ser demasiado pedir que el partido de Diez Canseco se reivindicase entusiasta defensor del capitalismo, con todas sus letras. Aún así, siempre hay espacio para la demagogia vulgar acerca de los “valores” y del fin de “toda forma de dominación”, en un partido “socialista y democrático”. Pero el PS no es el primer engendro de nuestra izquierda procapitalista, ni será el último. Ya en 1999, Raúl Wiener, ex-dirigente del PUM, conformó la Unión Socialista en alianza con el PRT mandelista, dentro de la misma perspectiva. De este amago nos ocupamos ese mismo año en el folleto “La Unión Socialdemócrata”. Hoy Wiener y el empresario Letts dirigen el “Comité Malpica”, grupo mimetizado con el humalismo que también reivindica el PRT.

Sin embargo, todavía hoy los más influyentes de estos partidos se encuentran a la cabeza de nuestra Central obrera. Compartiendo la cima de la CGTP, el stalinismo neo-socialdemócrata del PC y Patria Roja–MNI llevan una larga vida impidiendo la democracia sindical, obligando a los trabajadores a luchar por limosnas, traicionando todas sus luchas y sosteniendo a todos los gobiernos como lo hicieron con el de Toledo. “Nadie en la Izquierda quiere que este gobierno fracase”, había proclamado Renán Raffo - Secretario General del PC - y luego, respecto al APRA, el honor de reproducir la frase le correspondió a su correligionario Mario Huamán. A veces disimulando el contubernio y a veces con desparpajo, es imposible olvidar las mejores hazañas de estas corrientes apoyando a Bustamante y Rivero, Prado, Belaunde, Bedoya, Velasco y Fujimori, sin obviar su amistad con el primer gobierno del Alan García. Hoy en día, estas fracciones mayores del stalinismo nacional han alcanzado verdaderos logros en la carrera por suicidar la mayor parte de su reminiscencia marxista. El PC eliminó oficialmente de sus principios la dictadura del proletariado, y junto a Patria Roja son abanderados del “socialismo democrático”. Gorriti y Huamán han sido piezas clave del Acuerdo Nacional junto a W. Román del PS; el MNI no acaba de protestar por no ser incluido en aquél. “Radicalizar la democracia” ha levantado el PC, “Democracia integral” ha dicho el MNI. “Asamblea Constituyente” solicita el PC, “Nueva Constitución y Nueva República” el MNI. Cualquier coincidencia con el PS es pura realidad.

Pero sobre todas las cosas todas estas organizaciones reformistas gemelas - y otras maoístas, seudoguevaristas y seudotrotskistas, como La Lucha Continúa, Mov. 19 de julio, Mov. Patria Libre, Integración Estudiantil, Mov. J. M. Arguedas, Foro Centenario, Juventud Socialista (Arequipa), MSR (Cusco), Liga Socialista (Cusco) - son activamente “anti-neoliberales”. Para sus paradigmas, ya no sería necesario combatir y destruir al capitalismo, pues bastaría con rechazar su “modelo”. De lo que se trataría, es de intentar en lo posible regresar al capitalismo de veinte o treinta años atrás, buscando democratizarlo, “humanizarlo”. Sólo un mundo posible podría avizorarse: el del mal menor, el del mal permanente. Según su concepción, estar contra el capitalismo es revolucionario, leninista, por lo que podría ser antidemocrático.... Estar contra el neoliberalismo es en cambio “alternativo”, “progresista”, “participativo”; vendría a ser democrático.... Y desde luego implicaría sobre todo una rentable perspectiva en el mercado electorero, como ya lo ha demostrado el humalismo. Ciertamente da caché. Tiene glamour. Para aquellas siglas recientes – aunque no necesariamente producto de una reciente y distinta generación - se trata sólo de promover un nuevo reformismo, con pretensiones de sustituir al viejo y desacreditado.

Sergio Bravo M.
Colectivo Revolución Permanente en el Perú

Hacia la construcción de un Partido Revolucionario Obrero

Por: Carlos García

Dotar al proletariado de una dirección política conciente capaz de conducirlo a la victoria, es sin duda, una de las tareas prioritarias para la vanguardia contemporánea. La crisis de dirección política revolucionaria, salta como un hecho evidente que demanda atención urgente y enérgica.
Uno de los pilares fundamentales del Marxismo es entender que la emancipación de la clase trabajadora solo puede ser fruto de su propia acción revolucionaria. Considerando que la ideología imperante en cualquier sociedad expresa los intereses de la clase dominante, queda claro que el éxito de la revolución proletaria jamás podrá surgir de la acción espontánea de las masas, sino que requiere de la dirección conciente de su vanguardia al mando de un Partido Revolucionario Obrero, concebido bajo el modelo leninista de centralismo democrático, que promueve la disciplina consciente de sus elementos individuales, para conseguir la integridad ideológica y política de la que emana su comprobada capacidad combativa.

Echando un rápido vistazo al caso peruano en particular, la carencia de orientación del movimiento popular bajo directrices revolucionarias, ha traído entre otras consecuencias, que un sector importante de las masas enardecidas, se hayan alineado con programas ajenos a sus intereses, encandilados por el discurso seudo radical de los autodenominados “antisistemas”.
Comenzaremos reconociendo que en el Perú, el movimiento obrero, campesino y estudiantil se encuentra desarticulado, carente de dirección revolucionaria efectiva. Esta situación constituye la herencia nefasta de la sangrienta represión sufrida por más de dos décadas. Periodo en el cual, las huestes de los genocidas García y Fujimori se encargaron de rotular como “Terrorismo” todo planteamiento de transformación estructural de la sociedad. Para tal efecto, contaron con la brutal complicidad de las fuerzas armadas, y el auxilio presto de la maquinaria de ideologización burguesa, prensa escrita, radio y televisión; que no dudó en descargar indiscriminadamente sus baterías en contra del proletariado organizado, sus principios y su vanguardia.

Por su parte, el accionar de aquellos elementos que pretendieron anteponer la insurrección guerrillera a la organización política de clase, terminó acentuando el distanciamiento de las masas respecto a la senda revolucionaria. Adversa situación que sólo podrá superarse a través de un trabajo paciente y permanente de movilización y concientización.

En el ámbito internacional, la caída de la Unión Soviética y los regímenes seudosocialistas de Europa del Este, así como la conversión de China al capitalismo, sirvieron a la burguesía para levantar el acta de defunción del Socialismo. Progresivamente el neoliberalismo fue ganando terreno casi sin encontrar resistencia, lo cual no se limitó al ámbito económico y político, consiguiendo penetrar ideológicamente en un amplio sector de las masas, carentes de orientación y sin un aparato orgánico centralizado capaz de dirigirla.

Pero como la historia ha demostrado y seguirá demostrando, la vanguardia proletaria jamás ha podido ni podrá ser aniquilada por completo. Ya que siempre habrá un sector dispuesto a trasformar las condiciones de vida de su sociedad, por encima de cualquier sacrificio.

Agrupación de elementos revolucionarios:
En el transito hacia la construcción partidaria y teniendo en cuenta la actual fragmentación en la que se encuentra la vanguardia, es posible distinguir distintas fases de desarrollo orgánico. En un primer momento, los revolucionarios dispersos y en proceso de desarrollo, comienzan a agruparse y organizarse; son estas agrupaciones las que se lanzan a la tarea formativa de cuadros, captando a los elementos más desarrollados del proletariado, reanimando progresivamente su militancia política.

En esta etapa, es de suma importancia que las jóvenes agrupaciones revolucionarias no pasen por alto la existencia de otras en similar condición, considerando la posibilidad de establecer diversos grados de colaboración como parte importante de su desarrollo político.
De la agrupación al Partido:Al plantear el acercamiento y colaboración entre grupos revolucionarios, es necesario dejar en claro que no significa una fusión antojadiza o ecléctica. Una coalición superflua nada tiene de revolucionaria ni vanguardista, siendo por el contrario, una práctica propia de la política burguesa, clara manifestación de los apetitos circunstanciales que la motivan.

Resulta claro que, la plena unidad revolucionaria no puede surgir de la mera aproximación de elementos, sino que debe contar con una sólida base teórica y programática. Al respecto, hay quienes sostienen que el debate entre las diversas tendencias revolucionarias, se ha venido dando en nuestro medio a lo largo de los años, evidentemente con altibajos, pero sin extinguirse; superando la represión y la descomunal campaña de desprestigio que soporta la teoría del proletariado. Quienes afirman esto tienen razón, confrontación teórica sin duda ha existido y existe, pero el revolucionario no vive para el debate academicista, esa no es su razón de ser. El debate, sólo es un instrumento para alcanzar un fin político; ya que la teoría, por más acertada y rigurosa que sea, si se encuentra inconexa de fines prácticos de nada sirve, condenándose a la esterilidad.

En definitiva, el debate ideológico y programático es imprescindible para establecer aspectos fundamentales de confluencia en torno a los cuales gravitará, la conformación de un Frente Revolucionario, y la posterior unificación orgánica que ha de plasmarse en un Partido Revolucionario Obrero.

Frente Revolucionario:
El Frente Revolucionario, tiene como propósito estimular acciones coordinadas entre las diversas organizaciones revolucionarias, tales como agitación y propaganda, definiendo su línea política fundamental al interior de huelgas, marchas de protesta y otras manifestaciones de lucha popular; constituyendo un importante espacio de “contacto real” para los elementos de la vanguardia.

Resulta claro que un Frente Revolucionario obliga necesariamente a conciliar la acción de elementos con diferentes niveles de conciencia e incluso concepciones un tanto distintas respecto a la manera como debe conducirse el tránsito hacia el comunismo. Sin embargo, tampoco debemos pensar que se trata de algo parecido a un “acuerdo diplomático” entre organizaciones con diferencias fundamentales. De ser así, significaría un claro retroceso político, como bien demuestra la historia.

En principio, jamás debemos olvidar que un Frente Revolucionario, descarta cualquier propuesta de reforma del orden vigente, admitiendo como única posibilidad de superación social, la erradicación de las relaciones sociales de producción en las que se sostiene el capitalismo. Colocándose en la antípoda de los denominados “Frentes Amplios”, que por el contrario fomentan la conciliación de clases y la absurda esperanza de humanizar el modo de producción vigente.

Dentro de éste Frente, las tendencias participantes despliegan abiertamente sus propias consignas y tácticas políticas; pero manteniendo una definida e inquebrantable posición revolucionaria. De lo contrario se caería en el nefasto vicio conciliador que tanto daño ha hecho y hace al movimiento popular.

Podría pensarse que no existiendo un total acuerdo programático dentro del Frente Revolucionario, el camino hacia la construcción de un Partido se hace demasiado largo e incluso con incierto desenlace. Pero debemos tener en cuenta que dentro de éste Frente, tarde o temprano deben prevalecer aquellas posiciones plenamente revolucionarias, las cuales no solo deberán coexistir sino articularse.

El Frente Revolucionario y el Frente Único Obrero:
La táctica del Frente Único Obrero expresa claramente la valiosa premisa política que nos legara el camarada Lenin: “golpear juntos, marchar separados” y cuya vigencia es incuestionable. En el FUO, lo que se busca es aprovechar la tendencia natural a organizarse que posee la clase obrera, así como la aspiración de unidad para defender sus reivindicaciones, aunque por lo general sean conquistas inmediatas o parciales. El Frente Revolucionario, de ninguna manera debe tomarse como sustituto del FUO, ya que sería ignorar a los sectores más atrasados de la clase trabajadora. Siendo ambos frentes, instancias distintas e imprescindibles de lucha política, en las que la vanguardia debe bregar intensamente en la actualidad.

Trabajar por la unidad de las organizaciones obreras para “golpear juntos” a la burguesía, va de la mano con la denuncia ante las bases, del pernicioso accionar de aquellos dirigentes que han traicionado la lucha del proletariado. Y crear las condiciones para la erradicación definitiva de quienes se han convertido en verdaderos agentes de la burguesía al interior del movimiento obrero.

Para los revolucionarios, el Frente Único Obrero no constituye un llamado a la “unidad absoluta” con todas las tendencias, porqué significaría no sólo renunciar a principios fundamentales, sino también claudicar ante el reformismo que hoy pretende colocarse a la cabeza del movimiento popular. Dentro de un Frente Único, aún trabajando por la unidad, los revolucionarios en todo momento deben mantener la independencia de su línea política, expresándola claramente en su discurso y plasmándola sin dubitación en la acción.

Así mismo, la actual fragmentación de la vanguardia, ha traído como consecuencia que ante los ojos de las masas carentes y ansiosas de dirección, las diferencias fundamentales entre quienes luchan por la revolución estructural y aquellos que solo proponen una reforma política, tiendan a desvanecerse bajo el influjo propagandístico de la revitalizada coalición reformista; este hecho debe ser corregido con prontitud y decisión como parte del proceso de concientización de masas. Por lo tanto, la presencia de un Frente Revolucionario, permitiría otorgar notoriedad y definición a la acción política de sus elementos, en abierta e indoblegable oposición al oportunismo reformista en sus variopintas manifestaciones.

La Vanguardia y El Partido:
Un Partido Revolucionario Obrero, no es otra cosa que el mecanismo para orientar la incontenible energía de las masas en ascenso revolucionario. Sin este instrumento político, el proletariado no será capaz de marchar concientemente, ni de alzarse por encima de manifestaciones espontáneas, ni dejar de ser presa fácil de la manipulación burguesa en sus distintas modalidades.

La tarea de la vanguardia es conducir a la clase obrera, concientizándola pacientemente, movilizándola decididamente, organizándola políticamente. Es decir, otorgarle un sentido de lucha bajo un programa propio, los atajos políticos han demostrado ser inservibles y se han visto traducidos en claros retrocesos. El instrumento político imprescindible para la Revolución es sin duda el Partido, mismo que traduce y defiende los intereses históricos del proletariado.
La vanguardia jamás debe ir tras los movimientos espontáneos, sino por el contrario, debe buscar comprender su naturaleza para dirigir efectivamente la incontenible fuerza de las masas hacia el único desenlace posible, el triunfo definitivo de la Revolución Mundial.

Articulo publicado en Tribuna Clasista Nº 1, Septiembre 2007 (Lima – Perú)http://es.groups.yahoo.com/group/tribuna_clasista tribuna_clasista@yahoogroups.com

Presentación

En el tenaz trabajo de reconstitución del movimiento obrero y popular, la vigencia de las auténticas ideas revolucionarias del marxismo es la fuente de nuestra fuerza para generar una vanguardia política a la altura de las tareas de la época. La clase obrera, el campesinado, los trabajadores de la ciudad y del campo, los estudiantes, el conjunto de los explotados, necesitamos imperiosamente de un derrotero ideológico y programático que finalmente pueda cristalizar en una expresión política orgánica, un partido obrero revolucionario con capacidad para enfrentar y derrotar a la clase dominante y a su Estado.

La hora, sin embargo, es aún la de una gran desorientación ideológica en las filas del movimiento de masas, producto del agudo período de derrota sufrido a nivel nacional e internacional, que a pesar de los signos de resistencia y recomposición mostrados en los últimos años, todavía sobrellevamos. Bajo estas circunstancias, quienes editamos Tribuna Clasista hemos considerado imperiosa la necesidad de impulsar una publicación de debate marxista como ésta, donde puedan contrastarse las diversas posiciones que desde los grupos y elementos combativos más avanzados se planteen.

Uno de los factores de peso fundamental en el descenso de la conciencia de las masas y su desmovilización en los últimos quince o veinte años en el mundo, ha sido la acción de las direcciones oportunistas tradicionales del movimiento de los trabajadores. Sus concepciones, sus métodos y su práctica, existen en función de la reforma del sistema capitalista y no de su destrucción; existen en función de los intereses de esas burocracias sindicales y partidarias emergidas de las organizaciones populares, cuya política ha sido y es contraria a los genuinos intereses de las mayorías. Por eso esta revista, en su versión impresa y virtual, no tiene a dichos estamentos privilegiados por destinatarios, sino a aquellos compañeros y compañeras que desean honestamente combatir por el derrocamiento y desaparición de la burguesía, y convoca especialmente a los sectores más radicalizados del movimiento juvenil.