26 oct. 2007

Cuáles son las Ideas Socialistas (I)


“Pero, por transformación de las condiciones materiales de vida, este socialismo no entiende, en modo alguno, la abolición de las relaciones de producción burguesas – lo que no es posible más que por vía revolucionaria - sino únicamente reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción burguesas, y que, por tanto, no afectan a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo únicamente, en el mejor de los casos, para reducirle a la burguesía los gastos que requiere su dominio y para simplificarle la administración de su Estado. El socialismo burgués no alcanza su expresión adecuada sino cuando se convierte en simple figura retórica. (...) El socialismo burgués se resume precisamente en esta afirmación: los burgueses son burgueses en interés de la clase obrera.”
K. Marx – F. EngelsManifiesto del Partido Comunista

La Izquierda y su democracia
Durante doscientos años, el léxico político convencional ha atribuido a los términos “derecha” e “izquierda” el significado de la contraposición entre lo conservador-autoritario y lo progresista-democrático. Esta clasificación, tradicionalmente promovida por la intelectualidad pequeñoburguesa y los aparatos de comunicación de masas de cada época, ha mantenido su uso en medio del devenir de la evolución ideológica de nuestro tiempo, pese a no corresponder a una caracterización científica de las concepciones producidas en función de los intereses de las distintas clases sociales. Por lo tanto ha sido, y es, una tipificación aclasista, básicamente acientífica. Una clasificación meramente utilitaria.

Por otro lado, ya en los años 30 del siglo XIX se denominó “socialismo” a los pensamientos comunitarios crítico-utópicos aparecidos entonces y a una serie de corrientes políticas provenientes de las clases privilegiadas. Estas teorías precedieron en un lapso relativamente breve al hecho filosófico-político más importante de la historia: la gestación de una nueva concepción, tanto del cosmos como del desarrollo y funcionamiento de las sociedades humanas, conocida como materialismo dialéctico e histórico. La nueva concepción, la ideología científica marxista, establece que la lucha entre las clases - motor objetivo de la historia - no es imperecedera, existiendo una única clase en condiciones, por su papel en la estructura social productiva capitalista, de abatir el poder burgués y dirigir el proceso de organización de una sociedad sin clases: esa clase es la clase obrera.

Tal como afirmó Engels en su Prefacio de 1890 al Manifiesto del Partido Comunista, la nueva organización política creada sobre aquellas bases ideológicas científicas, la Liga de los Comunistas, no podía llamarse sencillamente “socialista”, puesto que una variedad de aventureros de otras clases ya habían utilizado y viciado esa denominación. “El socialismo representaba en 1847 un movimiento burgués; el comunismo, un movimiento obrero (....) no pudimos vacilar un instante sobre cuál de las dos denominaciones procedía elegir. Y posteriormente no se nos ha ocurrido jamás renunciar a ella.” A tres décadas de estas palabras de Engels, la vanguardia revolucionaria del movimiento obrero mundial se reagrupaba en 1919 bajo el nombre de “Internacional Comunista”.

Sin embargo, en la práctica los marxistas nunca hemos pretendido repudiar dogmáticamente el calificativo de socialistas. Eso sí, únicamente bajo la premisa de que su significado coincida tanto con nuestro objetivo estratégico: la Revolución Proletaria Socialista Mundial, como con el programa que en la lucha por este objetivo levantamos. No hemos rechazado ser llamados socialistas cuando es el genuino marxismo el que otorga significación a esta palabra. Justamente defendemos el marxismo como sistematización científica de las ideas socialistas. El uso táctico del membrete “socialista” está y ha estado justificado, en la historia del internacionalismo obrero, cuando las circunstancias prácticas así lo han requerido, a condición de que el contenido de la expresión corresponda a la ideología que nos define: el socialismo científico, clasista y revolucionario. Nunca cuando su uso ha representado cualquier forma de coartada populista reformista, sea ésta socialdemócrata, stalinista o radical variopinta.

Esta correcta relación marxista entre contenido y forma, no se da en el caso del manido término “izquierda”. No tiene sustento la autocalificación de “izquierdista” como seña de identidad de quienes se proclaman luchadores por el socialismo. Llamarse de “izquierda” tan sólo tiene un valor referencial y circunstancial en el lenguaje político ordinario. Es un término que muda de significación según los elementos de la discusión, pero que no contiene en sí mismo ninguna implicancia materialista de clase. Tanto existe una izquierda burguesa como una proletaria, cada una como resultado de su origen, así como de su programa. Si bien la terminología tradicional incluye particularmente en la “izquierda” a toda organización de trabajadores que se reivindique clasista o defensora del marxismo, lo cierto es que una riada de organizaciones pequeñoburguesas y burguesas se agazaparon siempre en la “izquierda”, no sólo para neutralizar al marxismo reclamando identificarse o coquetear con él, sino también para repudiarlo y combatirlo abiertamente. Incluso en el caso de las organizaciones izquierdistas provenientes del campo de los trabajadores, hoy no puede estar más claro: la gran mayoría de los que todavía no han renunciado oficialmente a la herencia marxista no son más que proxenetas del marxismo, oportunistas capaces de traficar con cualquier principio o lucha a cambio de prebendas de camarilla. Estos son los autoproclamados “izquierdistas” por antonomasia.

Proclamarse y hacerse proclamar orondamente “izquierdista” en el 2007, es una vulgaridad política bastante más burda que haber hecho llamarse “socialista” en 1847. “Izquierdistas” y “socialistas” de todas las latitudes, no mostraron reparos en integrar programáticamente la bien surtida gama que va desde el imperialismo genocida de Blair, Clinton, la socialdemocracia europea y japonesa, junto al hambreador y masacrador reformismo y nacionalismo “tercermundistas”, hasta las varias centenas de organizaciones “socialistas” y “comunistas” del mundo que buscan gobernar con y para sus burguesías en el reino de la “democracia participativa”, cuyo nombre real es el de seudodemocracia capitalista. Debido a esto, ser meramente de “izquierda” puede tener tantas, pero en fin tan concretas connotaciones, para la misma vulgaridad política en pro del capitalismo: ninguna otra significación fuera de consustanciarse con la democracia burguesa, sustituyendo eventualmente este último apellido por cualquier otro vocablo pegajoso que esconda su carácter de clase. El más socorrido de estos términos al uso es el de “participativa”, además de una serie de adjetivos intercambiables como “social”, “popular”, “plena”, “solidaria”, etc, útiles comodines en el juego de la "democracia".

Los marxistas tenemos que decir que la única democracia que puede recibir tal nombre es la democracia de las masas trabajadoras: la democracia proletaria. Es el régimen en el que los productores, organizados en sus organismos de poder, son quienes deciden día a día la marcha de la sociedad, produciendo una vida política, económica, social y cultural que responde a sus intereses, y practicando un verdadero “poder de la masa”, de acuerdo a la semántica de “democracia”. Es el poder de los trabajadores: la dictadura del proletariado. En la medida en que este régimen de democracia proletaria representa un paso histórico hacia el socialismo - a su vez primera fase de la sociedad comunista - en esa medida y sólo en esa, los marxistas somos verdaderos socialistas. En cuanto a la identidad de “izquierda”, más allá del argumento trivial por el cuál, puesto que no somos “derechistas” entonces somos “izquierdistas”, tampoco nos vemos obligados a repudiar tal calificación que mantiene su uso, pero mucho menos hacemos un ufano distintivo de ella. Los marxistas nos definimos a partir de nuestra participación objetiva en el proceso revolucionario histórico. Por eso, y por cuanto éste precisa ineludiblemente de la democracia proletaria para llegar a la sociedad comunista, los marxistas somos y seremos revolucionarios comunistas luchando por el poder proletario, demostrándolo una y otra vez en esa lucha por construir tal poder; pero nunca autoproclamándonos “izquierdistas” - “democráticos”, lo que equivale objetivamente a reivindicarse proburgueses y procapitalistas.

Clase obrera, pueblo y revisionismo
La clase obrera es el elemento social fundamental de la teoría y la práctica del marxismo. Por la posición que ocupa en el engranaje productivo del capitalismo, la clase obrera es la única clase históricamente capaz de quebrar el funcionamiento del sistema, expropiar a los capitalistas y liderar el gran movimiento de masas por el poder de los trabajadores y el socialismo mundial. El abandono en que cayó tantas veces esta noción elemental, está en la base de todas las derrotas ocurridas en los procesos revolucionarios del siglo XX.

La forja del marxismo como doctrina se hizo en pugna con las corrientes que, depositarias del republicanismo y su democracia, hacían y hacen del pueblo, y no de la clase obrera, el sujeto de su proyecto. Estas corrientes se inclinaron hacia el minimalismo posibilista por encima del rol histórico socialista del proletariado, adjudicándole así un falso carácter revolucionario a su opción ideológica. En conjunto estas corrientes forman parte de la vertiente ideológica del populismo pequeño-burgués, una de cuyas versiones más difundidas ha sido por ejemplo el anarquismo.

Un proceso crucial para la historia, como la Revolución Soviética Rusa, mostró al grueso de las fuerzas populistas condensadas del lado del Estado burgués. Fue esto lo que sucedió con los “socialistas revolucionarios” herederos de los populistas rusos, en alianza con los “socialdemócratas mencheviques”, todos defensores de la constitucionalidad democrática burguesa. En esta misma política los sigue luego el estalinismo. Primero en la revolución china de 1925-27, con la criminal sumisión del PC al Kuomintang burgués, y con la coalición sindical oportunista anglo-rusa de la misma época; después con la creación de los “Frentes Populares” de unidad con la “burguesía democrática” a partir de 1935. El común denominador de estas políticas fue la capitulación al conjunto de la burguesía o a una fracción de ella. En resumen, por la vía del seguidismo a los intereses de la pequeña burguesía se doblega al proletariado ante un sector de la gran burguesía, extendiendo cada vez más y más los límites del conglomerado “pueblo”, cuyos intereses sustituyen a los de la clase obrera en la política de los mencionados “socialistas”.

En nuestra época el pueblo está formado por obreros, campesinos y pequeña burguesía; es decir por los diferentes sectores de trabajadores urbanos, rurales y las distintas capas de la clase media. Pero no por la burguesía, media o grande. La disímil composición popular permite una probable convergencia de intereses para defenderse de los ataques de la clase dominante o para alcanzar ciertas conquistas parciales, pero esto no significa que la naturaleza de todas esas clases y capas sea revolucionaria. Por su condición acomodada una parte de la pequeña burguesía no tiende a la alianza con las clases más explotadas sino a la alianza con la burguesía. Por su natural defensa de la pequeña propiedad, las capas medias y gran parte del campesinado no están especialmente interesados en el advenimiento de la sociedad socialista, sino sólo en escapar de la ruina en los marcos del sistema. Únicamente se comprometen con el proyecto revolucionario cuando su pauperización, y la agudización de la lucha de clases, les imponen la dirección concreta de la clase obrera, la única de verdaderos intereses socialistas, pues no tiene nada que perder que no haya perdido ya bajo el capitalismo. Por eso la dirección histórica del movimiento obrero y popular no puede corresponder sino a su vanguardia obrera.

Lejos de defender la estrategia proletaria de poder, las corrientes socialdemócratas, estalinistas y todo el reformismo, se sumergieron en el revisionismo populista. Remozaron el caduco cliché “pueblo” combatido por el marxismo. Un “pueblo” que en su concepción está también integrado y aún dirigido por el enemigo de clase. De esta manera sabotearon la revolución proletaria en Europa a la salida de la II Guerra, asegurando la pervivencia del capitalismo. Luego volvieron a salvar al sistema sosteniendo sucesivamente al nacionalismo burgués en las semicolonias (Lumumba, Partido Baaz, Ben Bella, Velasco...). También traicionaron el ascenso revolucionario mundial de 1968-74. Se sometieron a la Monarquía o a la República imperialistas (en España y Portugal). Administraron el Estado de la burguesía contra la movilización proletaria (SPD alemán, Allende, Laborismo inglés, Mitterrand-Marchais en Francia...). Y regresaron una vez más a gobernar para la burguesía y con ella: Lagos, Bachelet, Lula, Tabaré Vásquez, los partidos aliados a Lucio Gutiérrez (las corrientes pro-Chávez funcionan más bien de comparsa), en América Latina; así como los partidos socialistas y comunistas en Europa.

El revisionismo populista burgués fue la forma teórico-programática que adoptó el histórico paso de las élites burocráticas sindicales y políticas, que se reclamaban marxistas, al campo enemigo. Con la degeneración reformista de la II y la III Internacionales, decadencia cuyos hitos fueron 1914, 1924, 1933, 1937...., las burocracias de los sindicatos y los partidos obreros acabaron vendidas al capitalismo, tanto si estaban en la oposición como en el poder. La historia posterior no sólo ha confirmado su abandono de la política clasista proletaria, sino que la ha sobrepasado: la socialdemocracia original hoy es neoliberal y ya no estatista, el estalinismo hoy se reviste de socialdemócrata, y la mayoría de los reformistas son privatistas mal camuflados.

Reformismo, viejo y nuevo
Todos recordamos a la “nueva izquierda marxista leninista” peruana de los años 60 y sus retoños castristas y maoístas de los 70 – 80. Esa vieja izquierda reformista reapareció en años recientes como la nueva “centroizquierda” antimarxista, en el reformismo burgués del Partido Democrático Descentralista – PDD, hoy rebautizado “Partido Socialista”. En realidad es preciso retroceder solamente hasta 1989 para encontrar los antecedentes de esta metamorfosis, en la “Izquierda Socialista” de Barrantes y sus “socialistas democráticos” como Dammert. Pero a estos viejos líderes no les han faltado nuevos laureles: Diez Canseco ha sido vicepresidente consensuado del Congreso; Lynch y Dammert, ministro y asesor de Toledo; Cortés, capitoste de la burocracia de la CGTP y escudero del magnate Mohme. Si algo hay de verdaderamente nuevo en estas señeras glorias, es observar a Diez Canseco convertido en empresario del turismo, a su dirigencia en dueños de ONGs y al ex – “marxista-leninista” Dammert como parte del exquisito cortejo de Susana Villarán. Todos ellos decididos hidalgos que han traspuesto la línea de clase en la arena de su particular islote político.

El PDD hizo público, con fecha 21 de marzo de 2004, un manifiesto de nombre “Por una República Democrática, Social y Descentralista”, en el que se alude en 21 ocasiones a la democracia y en 2 al socialismo. Fue difícil encontrar un discurso más típicamente socialdemócrata de derecha. El PDD pretendía “refundar la república” burguesa en una “Nueva República Democrática” - por supuesto burguesa -, con “nuevo Pacto Constituyente”....burgués. ¿Qué implicaba concretamente esta demanda? Que habría “grandes reformas”: un menor abismo tributario y un pago menos feroz, “renegociado”, de la deuda externa. Fuera de estos descomunales cambios, no debe caber duda de que “las concepciones estatistas de la propiedad y la economía han demostrado su agotamiento e inviabilidad”, que “necesitamos una economía en que (...) se premie el espíritu emprendedor y competitivo”, y una economía donde “el mercado deberá promover la productividad, premiar la eficiencia y la innovación”. Por si quedó alguna pregunta, “la globalización nos da la posibilidad de universalizar los derechos humanos y la democracia, a la par que genera nuevas posibilidades económicas”, por lo que “hay que formar alianzas y bloques” capitalistas como la Comunidad Andina de Naciones, el Mercosur y el Grupo de los Veinte promovido por Lula.

No debería ser demasiado pedir que el partido de Diez Canseco se reivindicase entusiasta defensor del capitalismo, con todas sus letras. Aún así, siempre hay espacio para la demagogia vulgar acerca de los “valores” y del fin de “toda forma de dominación”, en un partido “socialista y democrático”. Pero el PS no es el primer engendro de nuestra izquierda procapitalista, ni será el último. Ya en 1999, Raúl Wiener, ex-dirigente del PUM, conformó la Unión Socialista en alianza con el PRT mandelista, dentro de la misma perspectiva. De este amago nos ocupamos ese mismo año en el folleto “La Unión Socialdemócrata”. Hoy Wiener y el empresario Letts dirigen el “Comité Malpica”, grupo mimetizado con el humalismo que también reivindica el PRT.

Sin embargo, todavía hoy los más influyentes de estos partidos se encuentran a la cabeza de nuestra Central obrera. Compartiendo la cima de la CGTP, el stalinismo neo-socialdemócrata del PC y Patria Roja–MNI llevan una larga vida impidiendo la democracia sindical, obligando a los trabajadores a luchar por limosnas, traicionando todas sus luchas y sosteniendo a todos los gobiernos como lo hicieron con el de Toledo. “Nadie en la Izquierda quiere que este gobierno fracase”, había proclamado Renán Raffo - Secretario General del PC - y luego, respecto al APRA, el honor de reproducir la frase le correspondió a su correligionario Mario Huamán. A veces disimulando el contubernio y a veces con desparpajo, es imposible olvidar las mejores hazañas de estas corrientes apoyando a Bustamante y Rivero, Prado, Belaunde, Bedoya, Velasco y Fujimori, sin obviar su amistad con el primer gobierno del Alan García. Hoy en día, estas fracciones mayores del stalinismo nacional han alcanzado verdaderos logros en la carrera por suicidar la mayor parte de su reminiscencia marxista. El PC eliminó oficialmente de sus principios la dictadura del proletariado, y junto a Patria Roja son abanderados del “socialismo democrático”. Gorriti y Huamán han sido piezas clave del Acuerdo Nacional junto a W. Román del PS; el MNI no acaba de protestar por no ser incluido en aquél. “Radicalizar la democracia” ha levantado el PC, “Democracia integral” ha dicho el MNI. “Asamblea Constituyente” solicita el PC, “Nueva Constitución y Nueva República” el MNI. Cualquier coincidencia con el PS es pura realidad.

Pero sobre todas las cosas todas estas organizaciones reformistas gemelas - y otras maoístas, seudoguevaristas y seudotrotskistas, como La Lucha Continúa, Mov. 19 de julio, Mov. Patria Libre, Integración Estudiantil, Mov. J. M. Arguedas, Foro Centenario, Juventud Socialista (Arequipa), MSR (Cusco), Liga Socialista (Cusco) - son activamente “anti-neoliberales”. Para sus paradigmas, ya no sería necesario combatir y destruir al capitalismo, pues bastaría con rechazar su “modelo”. De lo que se trataría, es de intentar en lo posible regresar al capitalismo de veinte o treinta años atrás, buscando democratizarlo, “humanizarlo”. Sólo un mundo posible podría avizorarse: el del mal menor, el del mal permanente. Según su concepción, estar contra el capitalismo es revolucionario, leninista, por lo que podría ser antidemocrático.... Estar contra el neoliberalismo es en cambio “alternativo”, “progresista”, “participativo”; vendría a ser democrático.... Y desde luego implicaría sobre todo una rentable perspectiva en el mercado electorero, como ya lo ha demostrado el humalismo. Ciertamente da caché. Tiene glamour. Para aquellas siglas recientes – aunque no necesariamente producto de una reciente y distinta generación - se trata sólo de promover un nuevo reformismo, con pretensiones de sustituir al viejo y desacreditado.

Sergio Bravo M.
Colectivo Revolución Permanente en el Perú

1 comentario:

Lalo Mora dijo...

Sergio, con este ensaio demuestras un gran grado de perspicacia politica anti-oportunista. Me alegra haber ingresado a su grupo.