2 mar. 2009

Sobre la Independencia Política del Proletariado (I)


“Reformistas hay en todos los países pues la burguesía trata por doquier de corromper de uno u otro modo a los obreros y hacer de ellos esclavos satisfechos que no piensen en destruir la esclavitud”

(Marxismo y reformismo 1913 – V. I. Lenin)

Que el capitalismo ha llevado a la humanidad a una crisis generalizada es un hecho que nadie en su sano juicio sería capaz de cuestionar, que las crisis financieras no son accidentes del sistema sino manifestación de sus contradicciones internas sólo la burguesía parásita y sus voceros pueden negarlo como quien tapa el sol con un dedo. El capitalismo en descomposición y las crecientes penurias que significa para los trabajadores del mundo han creado las condiciones objetivas para que el Proletariado internacional sea cada vez menos tolerante frente al dominio burgués empujándolo a asumir progresivamente su papel como la clase más revolucionaria de la historia. Sin embargo, un obstáculo que se interpone y retrasa el proceso de concientización y organización revolucionaria de los trabajadores son sus dirigencias traidoras que permanentemente los conducen por caminos conciliadores y reformistas promoviendo “salidas” inscritas dentro de la “sacrosanta” legalidad burguesa que conllevan a la parálisis y retroceso del movimiento obrero.

Si aceptamos que más un siglo de lucha proletaria ha permitido acumular numerosas e importantes lecciones políticas, entonces lo más lógico será evaluar la evidencia concreta y no comenzar de cero pretendiendo reinventar la pólvora.

Ebullición social sin dirección revolucionaria:
En el Perú, Latinoamérica y el mundo los últimos años se han venido produciendo cada vez más frecuentes e intensas manifestaciones de lucha del Proletariado, como consecuencia de las condiciones objetivas que hace bastante tiempo han alcanzado el punto de maduración necesario para obligarlo a salir del desconcierto en que se sumió luego de los triunfos de la restauración capitalista.

Enfoquémonos por un momento en el caso peruano, sobre el despertar del movimiento de masas podemos afirmar enfáticamente que todas las movilizaciones, huelgas, tomas de puentes y carreteras que los últimos años remecieron la escena nacional han carecido de la influencia efectiva y directa de una o más organizaciones verdaderamente socialistas o comunistas, encontrándose huérfanas de la ideología y la estrategia que hubiese permitido convertirlas en fermento de un incontenible ascenso revolucionario.

Por desgracia hoy la gran mayoría de elementos que deberían estar al servicio de la Revolución proletaria si tomamos en serio su discurso, se encuentran hundidos en el sectarismo o sirven como braceros dentro de las maniobras oportunistas del reformismo en su afán desesperado por anexarse a un cuerpo político mayor y establecer cierta presencia crítica, es decir, su incapacidad para trazar una vía de real avance revolucionario los ha llevado a jugar el triste papel de “rebeldes” estériles o peones desechables.

Por su parte los burócratas de la CGTP y la CUT vienen boicoteando la creciente disposición combativa de las bases, adoptando una política colaboracionista verificable en su participación dentro del reaccionario Acuerdo Nacional y luego en la Coordinadora Política Social, así como en su permanente negativa a llamar a la huelga general indefinida.

La lección Bolchevique:
Una muestra de la incuestionable importancia que tiene la independencia política de clase para la marcha exitosa del Proletariado hacia su emancipación constituye la línea política Bolchevique, la cual a pesar de surgir en un contexto histórico donde era posible reconocer la presencia de sectores burgueses relativamente progresistas en relación al absolutismo Zarista, siempre tuvo como premisa fundamental una clara definición clasista a diferencia de los mencheviques. Lenin supo ver tempranamente que la coexistencia de estas dos fracciones al interior del POSDR era simplemente inaceptable, cualquier intento de conciliación entre ambas hubiese significado sacrificar el norte político revolucionario.

Las aspiraciones Bolcheviques nunca estuvieron encadenadas a los intereses de la burguesía, tal como sucedía con los mencheviques quienes argumentaban que el atraso del país representaba un obstáculo para que el Proletariado condujese la Revolución Rusa; para ellos la única alternativa “real” era colocarse a la cola de la burguesía liberal. Totalmente opuesto a esta concepción se encontraba Lenin quien tenía puesta la mirada en el establecimiento de una dictadura democrática proletaria campesina, consiente que la burguesía rusa era incapaz “…por su situación de clase, de librar una lucha decisiva contra el zarismo…” ya que tenía “…demasiada necesidad del zarismo, con sus fuerzas policiaco-burocráticas y militares, contra el Proletariado y los campesinos...”. (Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática - 1905)

León Trotsky por su parte llevó más lejos su tendencia clasista, para él era incorrecto pensar que los campesinos desarrollarían un papel político dirigente dentro de la Revolución, señalando categóricamente que era el Proletariado quien tenía la obligación de realizar todas las tareas democráticas pendientes a través de su dictadura.

El stalinismo por décadas diseminó el mito del presunto antagonismo entre Lenin y Trotsky. Al respecto este último absolvió cualquier duda legítima o maliciosa en numerosas oportunidades, citemos sólo una de ellas considerando que viene al tema que nos atañe ahora: “La fórmula de ‘gobierno obrero y campesino’ aparecida por primera vez en 1917 en la agitación de los bolcheviques fue definitivamente admitida después de la insurrección de Octubre. No representaba en este caso más que una denominación popular de la dictadura del Proletariado, ya establecida. La importancia de esta denominación consiste sobre todo en que ponía en primer plano la idea de la alianza del proletariado y de la clase campesina colocada en la base del poder soviético”. (Programa de Transición - 1938). Más claro ni el agua.

Sin bien ambos líderes, habían planteado dos proyecciones distintas respecto a la revolución venidera, ambas por su esencia estaban destinadas a unificarse y así sucedió; la posición indoblegable de Lenin sobre la necesidad de contar con un Partido sólido, disciplinado, con un discurso y una línea de acción intolerante con el oportunismo conciliador era perfectamente compatible con la clara definición hecha por Trotsky del carácter de clase de la Revolución: ¡No había antagonismo! Fueron estas contribuciones revestidas de sentido internacionalista las que colocaron al Proletariado ruso en condiciones de coronarse con la victoria y de aspirar a convertirse en artífice de la chispa que encendería la llama revolucionaria por toda Europa y el mundo.

El 24 de abril de 1917 en medio del repudio popular a una guerra que había cobrado millones de vidas, se realizó la VII Conferencia Bolchevique más conocida como "La Conferencia de Abril", en la que se llamó a luchar contra el gobierno provisional levantando las históricas consignas: "paz, pan y tierra" y "entregar todo el poder a los Soviets”. Los hechos siguientes demostraron más allá de cualquier duda que la independencia ideológica, política y programática era la clave para construir el poder de los trabadores e iniciar las transformaciones hacia la sociedad comunista.

Destruir el poder de la burguesía, sin pactos ni concesiones:
La historia demuestra que en los países coloniales y semicoloniales la tarea de liberación nacional únicamente puede ser realizada por el Proletariado y su vanguardia. Allí donde las revoluciones anticoloniales corrieron a cargo de sectores “progresistas” burgueses y no sirvieron para destruir el capitalismo la sumisión al imperialismo jamás fue quebrada del todo y las aspiraciones de las masas continuaron siendo postergadas.

Luego de la Segunda Guerra Mundial se llevaron cabo diversos proyectos “hacia el socialismo” y de liberación nacional, mismos que colocaron el poder en manos de cúpulas burocráticas al mando de regímenes policiacos o de nacionalistas que finalmente recomponían el orden burgués cuando éste se había desarticulado por acción de las masas.

Las derrotas del Proletariado internacional ubicables en una de estas dos catastróficas formas fueron consecuencia directa de la ausencia de una dirección políticamente independiente, hostil hacia cualquier forma de conciliación con la burguesía. Por ello nuestra consigna debe ser: combatir con toda energía a quienes autoproclamándose revolucionarios continúan brindando su confianza a supuestos sectores “progresistas” burgueses, a quienes colocan mil y un obstáculos a la Revolución, a quienes obnubilan a las masas con la idea de forjar un bloque antiimperialista policlasista, en definitiva a quienes velan de una u otra manera por la perpetuación del orden burgués. La política a desplegar no es otra que la del frente único proletario en contraposición al frente único antiimperialista planteado por los “socialistas” capituladores, quienes creen que coaligándose con ciertos sectores de la burguesía nacionalista están abonando el terreno donde en algún distante futuro germinará la semilla revolucionaria. En esa línea, todo comunista debe asumir la responsabilidad de repudiar cualquier forma de revisionismo sobre el papel del Proletariado como director de la Revolución. (Continuará en TC Nº 5 Mayo 2009)

Autor: Carlos García / Email: carlos_snm@yahoo.es

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